La odisea empezó hace décadas.
Poco después de nacer y una vez supe emplear el cerebro para algo más que
balbucear y moverme con cierta coordinación. Entonces Camelot no era un lugar
concreto ni una meta que alcanzar, quiero decir que no tenía un nombre en sí lo
que esperaba encontrar. En épocas la
búsqueda se centraba en un humano, en otras en una historia, una ciudad o un
sentimiento.
Y ahora, tantos años después, por fin sé que Camelot no es más que
un estado de serenidad a todos los niveles que necesito hallar.
Mientras tanto este periplo en
ocasiones tan gracioso, difícil, amable o astilloso, lo sobrellevo de la mejor
manera posible, observando a los demás navegantes y a todos esos bichos de
distinta índole que voy encontrando por estas tierras pantanosas, y contando
sus hazañas para que cualquier momento vivido pueda ser en el futuro,
recordado.
Historias tristes, absurdas,
curiosas, dulces o apasionantes.
Bienvenidos a bordo.